14 de junio de 2009

Los Colonos de Neabarond

Hace más de 5 siglos, los derrotados en la guerra del este tuvieron que zarpar mar adentro en busca de un nuevo lugar en el que desarrollar sus vidas. Meses más tarde, los primeros barcos exiliados tomaron tierra en lo que luego sería Nueva Endanaar, transportando sobre ellos miembros de todo tipo de pueblos y culturas obligados a abandonar sus respectivos orígenes. Pese a lo amplio de su significado, el pueblo de los Colonos está formado por todos los que se vieron obligados a huir y dejar sus antiguos hogares y costumbres al otro lado del mar, así como otros que más tarde se unieron a ellos.

En un principio, con la cobertura del gran Reino del Oeste, el pueblo Colono vivía unido bajo una misma bandera, y pese a componerse de un sinfín de comunidades fuertemente arraigadas a cada una de sus culturas originales, las nuevas colonias y asentamientos fueron evolucionando.

Pero obviamente, el cambio no se produjo de manera pareja en todos ellos, y hoy en día, más si cabe con la fractura del Reino, la tierra de Neabarond es tan heterogénea en su cultura como lo es geográficamente. Ocupando prácticamente la totalidad del continente, el ser humano se ha adaptado a todas las condiciones posibles; desde el helado norte de Khovanion, a los áridos desiertos del sur, pasando por los grandes bosques, las inhóspitas montañas, o las grandes urbes edificadas. Por no hablar del movimiento marítimo, gracias al cual se producen día a día grandes expediciones que traen noticias de nuevas tierras más allá del mundo conocido.

Entre los exiliados, el grueso de los hombres procedían de tres pueblos en concreto. Los Espedios; comerciantes, agricultores y artesanos que poblaban la parte más occidental del Mar de la Plata, los Dalios; un pueblo guerrero y duro que habitaba al norte del estrecho de Hosch, en las frías aguas de la Bahía de Bridania, y los Escipios; descendientes de "El Leviatán"; antiguos señores de la ciudad de Endanaar, los cuales tenían fama de finos artesanos y bravos combatientes cuyos veloces barcos surcaban el mar prestando servicio al que más pagara. Mención especial para los Silvitas, un antiguo pueblo venido de la Tierra de Fuego que jugó un importante papel durante la guerra, pero cuya posterior deserción les costaría ser repudiados durante generaciones. Sin embargo hoy en día su pueblo ha evolucionado notablemente, pasando a constituir en pleno desierto una de las culturas más prosperas del continente, pese a no poder esquivar la Cruzada que se cernió sobre ellos. Además, con el tiempo comenzaron a frecuentar la nueva tierra comerciantes de tierras lejanas que trataban de enriquecerse a costa de los necesitados Colonos. Entre ellos destacan los comerciantes Beiritas, miembros de un antiguo pueblo del Mar de Plata al que las diversas guerras e invasiones acabaron privando de un verdadero hogar, y que se han visto obligados a recorrer los mares comprando y vendiendo todo lo que caía en sus manos. Sin embargo, esto no les ha impedido mantener un fuerte sentimiento patrio en torno a sus navíos, siendo comunes las reuniones y asambleas entre sus capitanes o los pequeños barrios portuarios en torno a los que sus miembros se congregan.

Tras el asentamiento de los Colonos, y antes del nuevo ataque de Ûnrûl, dos antiguos pueblos acusados de oscuras herejías en el este abandonaron el viejo continente por la persecución a la que estaban sometidos: los Hijos de Urum o Urumys y los Hijos de la Roca o Pueblo Darik; los Antiguos Hijos. Las dos culturas más antiguas del mundo conocido se vieron obligados a dejar los asentamientos en los que habían desarrollado sus milenarias culturas debido a que el tipo de adoraciones que profesaban chocaban frontalmente con la doctrina de El Único. Cuentan las historias, que cuando el hombre abandonó las antiguas costumbres y comenzó a levantar grandes castillos, estos dos pueblos siguieron un camino a parte, en el que la adoración y el servicio a la madre tierra guiaron sus culturas. Sin embargo, sus puntos de vista pronto se separaron. El pueblo Darik, fuertes y robustos, construyeron su cultura a la sombra de la madre tierra, a los pies de sus más colosales creaciones, las montañas. Sus ciudades recorrían cañones y desfiladeros por igual, y solo los lugares más sagrados se adentraban en la roca madre, donde los fieles acudían a meditar. Destacar también que con el tiempo aprendieron a modelar la piedra y trabajar los metales, convirtiendose en unos maravillosos artesanos. Mientras, el pueblo de Urum, de los que se dice que han llegado a conocer y manejar el verdadero poder de la tierra, se adentraron en la frondosidad de la naturaleza, aprendiendo de sus bestias, sus plantas y sus ríos, y convirtiéndose en sus mayores defensores.

Además, los Colonos se encontraron con una serie de pueblos autóctonos, que habitaban diversas zonas del sur del continente, desde las zonas de los ríos a la inaccesibilidad de la isla de Carector, y que parecían proceder de una avanzada pero extinta civilización de la que solo quedaban los restos de sus majestuosas ciudades y edificaciones. De entre las numerosas tribus, 7 destacan por encima del resto; los Gurivis de las praderas del norte, los Bokawa del Bosque de Neaba, los Anazatxe del desierto, los Woraká de las Montañas Nawé, los Kawaché de los Montes Curvos, los Kiwaká de las Selvas Lizay, y los Tutchik de las frías tierras del norte. Adoradores de la naturaleza y hábiles conocedores de sus tierras, los indígenas fueron desplazados poco a poco por los Colonos y las comunidades Urkitas, y hoy en día son escasas las tribus que dejan verse con facilidad.

Con el tiempo, y de manera puntual, llegaron al continente pequeños núcleos de bravos conquistadores dispuestos a hacer suya una porción de la nueva tierra. Con total seguridad, el máximo exponente de todos ellos es el pueblo Khovanix, asentado en el norte.