16 de julio de 2012

Diario de Loran III: Ûnrûl de Ungoloz.



Durante trescientos años, la Orden mantuvo los Orbes ocultos, alejados de aquellos que los deseaban. Olvidados. Inexistentes para los habitantes de Valion... Solo algunos sirvientes descarriados de la Diosa Oscura trataron de recuperarlos sin éxito alguno. La Hermandad siempre lo evitó. Prevaleciendo sobre aquellos que los anhelaban para sí... Tal fue el éxito de la Flor Alada, que con el paso del tiempo el acomodo se instauró entre sus filas, y lo que otrora fuera una sociedad oculta y secreta, pasaría a convertirse en una orgullosa Orden de caballería al servicio de los más poderosos regentes y Señores de Valion. Sin llegar a ser olvidado, aquél fin por el que la Hermandad había sido fundada quedó relegado a la superstición. Al mito. Lo que otrora fuera una sociedad secreta y honorable, terminaría en manos de un puñado de mercenarios al servicio del mejor postor... El Disco y los Orbes quedaron reducidos a meras leyendas. La Tumba de Alestor, relegada a la sepultura y el olvido. Casi cuatrocientos años después de la muerte de Alestor, la Hermandad quedó difuminada. Perdida entre las sombras... 

Mas bien sabido es que los Dioses y el Destino nunca descansan. Fue entonces, olvidado ya el legado de la Hermandad, cuando Penumbra sacudió los cimientos de Valion. Y la guerra se extendió por el mundo. Expoliados por la Reina Oscura, la joven nación de Ungoloz abandonó las cordilleras de Liafdag en dirección sur, atacando Robleda y haciéndose con la frontera Visirtaní. Desde el interior de la tierra, los elfos oscuros atacaron Marvalar la noche del Solsticio de Silas del año 391 C.V., desencadenando a su vez la independencia de la ciudad estado de Salmanasar. El mundo se desquebrajaba. Y no todo se debía a cuestiones políticas y fronterizas. Entre las filas de Ungoloz, un joven paladín comandaba a sus tropas con puño de hierro y voluntad de acero. Ûnrûl de Augelmir, a lomos de una gigantesca bestia de guerra ungolita, arrasaba aldeas y ejércitos por igual en nombre de los norteños. Derrocando. Conquistando. Sin embargo, ninguna de estas era su mayor aspiración, pues guardaba un íntimo y oscuro secreto para sí. Años atrás, siendo todavía un joven acólito de Soltar, Señor de la Guerra, Ûnrûl descubrió unos antiguos escritos con más de doscientos años. Aprendió de ellos la existencia de los Orbes de Poder, y la ambición y el egoísmo le invadieron de tal forma que juró reunirlos y gobernar sobre todo ser viviente de Valion. Tras alistarse en las filas ungolitas, abriéndose camino en una brillante carrera militar hasta comandar su propio destacamento compuesto por más de quinientos hombres, Ûnrûl paso a poseer el instrumento perfecto para recorrer la Marca... Y dar con los cuatro fragmentos del Disco de Silas que le conducirían hasta sus codiciados Orbes. 

Fue entonces cuando Valion, Señor de la Luz, despertó de su letargo. Abandonado de su mano como había estado el mundo hasta entonces, un nuevo siervo del bien fue enviado a compensar las maldades de Penumbra. Belennon, avatar de Valion, poderoso conjurador y leal consejero, tomó un fragmento de la Luz de su Señor para iniciar la búsqueda del heredero de Alestor. Pues alguien debía restaurar lo que otrora protegiera al mundo del mal de los Orbes Oscuros. Pues alguien debía encontrar al último de la estirpe Valgayar. Pues alguien, en definitiva, debía buscarme y revelarme mi verdadero sino en el devenir de este mundo... 

Y así fue como conocí al primero de mis cuatro consejeros al frente de la restablecida Orden. Otros tres se nos unieron después, cada cual más leal y mejor compañero que el anterior. Benemur, capitán norteño y paladín de la ciudad de Carabetor. Edyrion, príncipe élfico en el exilio de la noble familia Neaba. Y Thrain, apodado "el Bello", heredero del antiguo clan enano de los Kherad, estirpe sin hogar caída en desgracia gracias a las tropas de Ungoloz. Juntos, en secreto, supimos sobreponernos a la oscuridad que se extendía en la Marca. En medio de una nación que se desquebrajaba por la guerra y el miedo, el hambre y la enfermedad, conseguimos reunir los cuatro fragmentos del Disco de Silas antes que Ûnrûl, al cual yo mismo di muerte a las puertas de la cripta de Alestor. Y así fue como la Hermandad renació. Instaurando de nuevo la seguridad en el mundo. Al menos en lo referente a los diez Orbes Oscuros de la Diosa Penumbra. 

Escribo estas líneas casi veinte años después de la muerte de Ûnrûl, con ya demasiados a mis espaldas, esbozando lo que serán mis palabras de despedida. Nuevas fuerzas oscuras comienzan a crecer en los rincones del mundo, mas todavía hay tiempo de evitar que prosperen y se impongan al fulgor de la Luz. Demasiado joven es todavía mi hijo Doran, al que demasiada responsabilidad supondría asimilar toda la información que aquí le procuro, por lo que escribo estas líneas con esperanza de que le sean entregadas al alcanzar la mayoría de edad. Junto a mi diario, entregado le ha de ser el amuleto de la Flor Alada, símbolo de esta nuestra Hermandad y única llave maestra de todas las puertas que nos guardan. Dejo todo, incluido a mi hijo, al cargo del único amigo al que puedo acudir. Elim, mediano de Marvalar, compañero íntegro y fiel donde los haya, que a buen seguro cuidará con su vida los preciados tesoros que aquí le entrego. 

En lo que a mi respecta, me retiraré en busca del descanso eterno que a todos nos llega tarde o temprano. Mas no lo haré solo. Porto conmigo el mapa de mapas. Otrora fragmentado, lo sostengo entre mis manos de una sola pieza, completo de nuevo. Y me retiro al lugar en el que descansan mis antepasados. Bajo tierra sagrada, cercano al lugar en el que el mismísimo Alestor forjó tiempo ha el artefacto que ahora propongo proteger y apartar de manos enemigas. Contigo me reuno, oh maestro. Cerrando así el círculo que tu comenzaste. 




"Valgayar ähla Dangimenäs. 
Dâpeirun Ilÿmartas infinicäes.
Râulerion Peipotteraläs süm"


Gran Maestre Loran Valgayar
458 C.V.