14 de julio de 2012

Diario de Loran II: Alestor Valgayar.


Si bien la leyenda de los Orbes ha sido contada generación tras generación de una forma u otra, existen fragmentos de nuestra historia si cabe más desconocidos y oscuros que han de ser narrados para entender las líneas que aquí voy dejando plasmadas. Saben los más sabios que muchos son los secretos guardados por el eterno y silencioso pasado. Muchos los recuerdos perdidos por el inevitable paso de los años. Sabido es por todos que la historia se escribe por puño y letra del que perdura. Del superviviente. Del fuerte. Y por Silas que pocos ha habido sobre la faz de este mundo más fuertes que el que nos atañe. Valion, primer Señor del Reino élfico de Esmeril, profeta de su pueblo, portador de la Llama de los Titanes y constructor de los Luceros de Elverion. Avatar del bien y adalid de la Luz. Admirado regente, general temido y amado patriarca... Alma orgullosa. Político ambicioso... Y mujeriego insaciable. 

Multitud de amoríos tuvo en vida el Señor de Elverion, mas uno destaca por encima de todos para lo que pretendo contar. Alana, hija de herrero. Plebeya. Humana. Poco se sabe en verdad de la relación que ambos mantuvieron, si bien ella murió pronto, cuando apenas alcanzaba la veintena, pero grande fue el legado que dejó para la historia. Su único hijo, nacido del primer cruce entre sangres, hijo bastardo del Señor de los elfos, quedó huérfano al poco de nacer. Al cargo de su padre desde joven, fue acogido por el pueblo de Esmeril como una mancha en su sociedad. Un paria. Un enjendro de sangre. Un "Valgayar", pues así se nombra en la lengua de Elverion al mestizaje entre sangres... Ni siquiera su padre le admitió como suyo, y quedó apartado de él. Creciendo entre criados y sirvientes. Educado como un artesano más de la corte. Y aprendió el oficio de la más fina artesanía élfica. Y lo nombraron "Alestor" (el que moldea el metal). Alestor Valgayar, hijo bastardo del Rey de Reyes. Del adalid de la Luz. Del portador de la Llama y constructor de los Luceros de Esmeril. 

Al cumplir la mayoría de edad, cansado como estaba de ser menospreciado, Alestor pidió a su padre que le fuera permitido probar su valía como uno más entre su pueblo. Dividido entre el amor fraternal y la opinión popular, Valion encargó a su hijo la más difícil de las tareas. Una imposible de realizar. Una labor titánica a la altura de la consecución de la Llama que realizará él en su juventud. Reunir todos y cada uno de los Orbes Malditos de la Diosa Penumbra. Y entregarlos al pueblo de Elverion, convirtiéndolo así en el más poderoso sobre la faz de Valion por los siglos de los siglos. Ganándose un lugar a la vera de su padre. Junto al trono de Esmeril. Y así fue como Alestor abandonó la seguridad del Bosque de Elverion, adentrándose en un mundo salvaje y peligroso del que mucho tardaría en volver. 

Durante años, Alestor recorrió los caminos de Valion sin noticia alguna de los Orbes. Meros rumores alimentaron sus esperanzas muy de vez en cuando, pero todos acababan muriendo en forma de simples supersticiones folklóricas vestidas de leyenda... Hundido ya en la desesperación, cuando solo el temor a ser olvidado se interponía entre el abandono y la insistencia en lograr su cometido, un halo de esperanza iluminó el alma de Alestor y lo apartó de la locura. Silas, El Indiferente, Señor encarnado del caos y la luz crepuscular, guió los pasos del media sangre hasta la Caverna Sagrada. En las profundidades de la tierra, Alestor forjó a partir del magma primigénio el Disco de Silas, artefacto imbuido del poder de su Señor, capaz de señalar el camino hacia los Orbes creados por su siniestra hermana Penumbra. Reina de las Sombras. Señora de la Oscuridad. Y Alestor encontró los Orbes. Hasta el último de ellos. Y regresó ante su padre tras más de veinte años en el exilio. Ante la absorta mirada de todos los habitantes de Esmeril. Incluido Valion, Señor de todo Elverion. 

Grande era la sabiduría que el mestizo había adquirido con los años, y fue esta la que le previno de presentarse ante su padre con solo uno de los Orbes. Ni uno más fue necesario para corromper la mente de Valion. Maravillado por el poder que atesoraba, el Señor de los elfos exigió poseer los nueve restantes. Imbuido por la ambición desmesurada y un inmenso egoísmo, Valion montó en cólera ante la negación de su hijo. Conocedor este último del poder de los Orbes, sabía que bajo ningún concepto habían de ser reunidos a la sombra de un mismo hombre, y menos de uno tan poderoso. Tan cargado de ambición. Declarado en rebeldía y acusado de fuerte traición por su propio padre, Alestor fue condenado a muerte la misma noche que regresó a lo que había considerado su hogar. Mas todavía existían almas puras entre los Luceros de Esmeril, y gracias a la ayuda de un puñado de rebeldes iluminados por las palabras de Alestor, el hijo bastardo del Señor de los elfos logró escapar en la oscuridad de la noche tras recuperar el Orbe robado. Semejante afrenta no sería jamás perdonada, y aun hoy en día se prohibe la entrada al Reino de los elfos a aquellos que portamos su sangre en las venas. 

De nada sirvió dicho castigo, pues el destino de Alestor estaba señalado por el mismísimo Silas. Guiado por el Dios Encarnado, forjó junto a aquellos que le ayudaran la Hermandad que juraría proteger los Orbes de las almas corruptas que los anhelaran para sí. A lo largo y ancho de Valion, los diez artefactos fueron ocultados por los miembros de la Orden. Cuatro torres levantaron en las que esconder los fragmentos en los que el Disco de Silas había sido dividido. Imbuidas como estaban de la más poderosa hechicería, solo los cuatro consejeros de Alestor podrían atravesar sus puertas. Y un gigantesco templo erigieron sobre el lugar en el que Alestor había vislumbrado a Silas y forjado el Disco. Bajo el Valle Sagrado, la Orden construyó su obra más ambiciosa. Un gigantesco templo en honor al Dios del crepúsculo. Una faraónica cripta que diera sepultura a todos los hermanos de la Orden, desde el primero hasta el último de sus integrantes. Y allí se adentró el hijo de Valion cuando vio terminada su obra. Con más años que ningún otro humano que hubiera pisado la tierra, Alestor cedió el mando al primero de sus hijos. Del cuello de Elendor pendería la llave del sepulcro de su padre. Símbolo además de la Orden y nominador de la Hermandad. La Flor Alada. Escudo de los Valgayar y legado familiar desde el primero de nuestro nombre. 


"Valgayar ähla Dangimenäs. 
Dâpeirun Ilÿmartas infinicäes. 
Râulerion Peipotteraläs süm" 


Gran Maestre Loran Valgayar 
458 C.V.